No solo de coronavirus viven las pandemias.

Sí 20 años atrás (por poner una referencia), nos hubiesen dicho que en el año 2020 la población mundial estaría en jaque (al borde del mate) por un virus con corona sin ser monarca, nos hubiésemos preguntado quien habría escrito ese guion y quien iba a ser el Chuck Norris que salvaría la humanidad. Lejos de ese ficticio guion de la industria audiovisual, esto se ha convertido en tangible y está ocurriendo. Un Coronavirus está dejando una huella en la historia mundial moderna sin precedentes. Con unas consecuencias desconocidas, que no auguran nada alentador, en tanto en lo social como en lo económico. Un bicho que a todos trata por iguales sin diferenciar fronteras, edades, razas, clases o condiciones.

Cada uno de nosotros, desde su confinamiento, trata de visualizar ese punto final donde volvamos a ser esa sociedad libre anterior al 14 de Marzo. Posiblemente las trazas apocalípticas de la situación en sí, dejarán una huella permanente en muchos de nosotros. Perderemos muchas cosas en este período. Seres queridos, vecinos, conocidos. Otros tendrán que dar cierre a sus negocios por la inestabilidad económica derivada del proceso. Pero con todo esto, también debiéramos haber ganado en otras cualidades. Ser más reflexivos, tener más empatía o aumentar en solidaridad y humanidad. Valores que, en muchos casos, la sociedad frenética a cuál estábamos acostumbrados nos llevó a dejarlos mucho de lado.

Quizás estos días, esto que estamos pasando, nos lleve a valorar muchas cosas que antes no apreciábamos, o no queríamos apreciar, desde un punto de vista más moral, y nos decline a sentir el privilegio de poder tenerlas o vivirlas.

Incluso ahora mismo, mientras miramos através de la ventana, la simple acción de un tranquilo paseo por la orilla del mar, por el sendero fluvial favorito o bajo las ramas de pinos y robles, sintiendo la calidez de los rayos del sol o el frescor de una suave brisa primaveral, se convierte en algo quimérico, inalcanzable. Poder disfrutar de la familia, de los seres queridos en estos entornos naturales, de ocio y libertad. Tenerlo tan cerca y la vez tan lejos. Tan imposible. Pero seguidamente, todos confiamos en que, con las medidas adoptadas por las autoridades pertinentes, con el esfuerzo de cada uno y tirando de solidaridad y sentido común (salvo algunos kamikaces intolerantes), consigamos salir de este agujero, que si no es negro, se antoja muy oscuro.

Pues bien, ahora vamos aplicarnos en un caso práctico para muchos, pero no más lejos de la realidad, real y verídico para otras muchas personas.

Ya que en estos días, la mayoría de la sociedad sabe lo que es vivir un reclutamiento entre cuatro paredes, donde el único contacto con el exterior va a ser poder salir a la ventana, a un balcón o a una terraza, donde esas paredes ejercen como unas fronteras inquebrantables y las relaciones sociales se limitan a las que puedes realizar en el ámbito de estas fronteras que te rodean, donde los únicos paseos que puedes dar son los que van de la cocina a sala, de la sala a la habitación o ir y volver por el pasillo, y donde la única brisa o rayo de sol que notas es el que entra por la ventana… Ponte en su piel.

Ponte en la piel de quien vive esta situación veinticuatro horas al día, día a día, mes a mes y año a año. Personas reales como tú que estás leyendo esto y que, por un motivo u otro, perdieron parcialmente movilidad en su cuerpo. Y bien sean usuarias de silla de ruedas o que por sus condiciones físicas no puedan moverse autónomamente por las escaleras de sus edificios, tienen que vivir ese confinamiento indefinido en sus viviendas. La falta de Accesibilidad, una pandemia poco visible que también confina. Y sin categorizar con mayor o menor grado de importancia, con suerte y esperanza, el confinamiento por el COVID-19 finalizará antes o después, pero el que sufren estas Personas con Movilidad Reducida, seguirá en el mismo lugar, en sús paredes fronterizas.

Para buscar soluciones a estos casos podemos tirar de varios cordeles. El primero que pondera en la escalera de soluciones, por poder y estatus debieran de ser las grandes instituciones. La Convención de las Naciones Unidas donde defiende y promueve los derechos de las personas con Discapacidad, del 13 de Diciembre del 2006, ratificada por el Estado Español y publicada en el BOE del 21 de Abril del 2008. La propia Constitución Española en sus artículos 9.2 y 49 hablan de esos derechos que el estado debe otorgar a este colectivo. Incluso el Estatuto de Autonomia (Aquí en Galicia) en el artículo 4.2 dicta esos derechos que el ente público debe de otorgar. Y como no, la LEY 10/2014, de 3 de diciembre, de accesibilidad dictaminada por la Xunta de Galicia. Y podría seguir poniendo referencias; estrategias europeas 2010-2020, Ley de Accesibilidad Universal…

En otro de los peldaños de esta escalera resolutiva también está la humanidad y sensibilidad de las personas. Que un vecino de un edificio de viviendas tenga que vivir esta situación de confinamiento, porque los propios convecinos se opongan a la realización de la obra de acondicionamiento para dotar de la accesibilidad necesaria el edificio, expone la verdadera crueldad de cada uno. ¡Que manda huevos!.  Pero cuidado, que en este término una cosa no se escapa al azar, pues quien hoy está al 100% de condiciones físicas, no está exento de un desgraciado accidente que lo deje tullido y, menos aún, que los años por él no pasen en vano.

Finalmente, entre las instituciones y las personas, podemos colocar la parte técnica que dota a las construcciones y a los servicios de estas condiciones accesibles. Convocamos a Arquitectos, Equipos Técnicos, promotores, etc. Entes que habrían debido aplicar con rigurosidad las medidas escritas en los artículos que componen las diferentes Leyes. Pero se ve que la laxicidad a la hora de aplicarlas y la despreocupación de quienes las debiesen de comprobar, provocan que caigan en ese círculo vicioso donde se ve más comprensible vulnerar derechos humanos legales que regirse por la normativa.

Llegados a este punto os invito a hacer un ejercicio de reflexión. ¿Creéis que aprenderemos algo de estos días y pondremos el valor necesario para corregir este tipo de situaciones? O por lo contrario, la humanización, solidaridad y empatía van a ser flor de unos días para luego volver “a mirar cada uno por su culo”. Pues de nosotros mismos depende. Y cuando hablo de nosotros, hablo de todos, desde las instituciones hasta el vecino de enfrente. Y mientras tanto, no me cansaré de dar visibilidad a este tipo de cosas, e intentar de hacer que el camino de muchos tenga más ramplas, más elevadores y menos zócalos o escaleras.

Hay que capacitarse para mirar la situación de frente, y no desviar la mirada para lo otro lado. Mentalizarse que esto debe de seguir otro rumbo social, o nos acabaremos aplastando unos a otros. Y al ritmo que llevamos, tal vez seamos los próximos dinosaurios del planeta.

Porque en esta lucha contra el coronavirus está toda la humanidad metida. Pero sin engañar a nadie, en luchar por hacer un mundo más cómodo y Accesible, también debiésemos estar todos. Los viejos por viejos, los menos viejales porque algún día lo seremos. Y todos, porque una ostia del revés la llevas en cualquier momento, y en ese momento te acordarás de cuando decías “cada uno que salve su culo”. Y sí no, piensa, reflexiona. O ponte en su piel. Porque no solo de coronavirus viven las pandemias.

Eduardo Fernández Calvo, Abril 2020